MURDO ORTIZ: LA DIGNIDAD ESTÉTICA DE LO BRUTAL Y LO MONSTRUOSO.

La pintura ha vuelto. Hubo hasta quien firmó su carta de defunción tras el apogeo, a partir de la segunda mitad del pasado siglo, de manifestaciones artísticas ligadas al arte conceptual, las performances, las instalaciones, el videoarte… El tiempo del óleo sobre lienzo y la tinta sobre papel parecía consumado, y ahí confluyeron museos, galerías, ferias de arte… Una exposición de pintura pasó a tener sentido si era relativa a las grandes figuras del impresionismo, el fauvismo, el expresionismo abstracto y hasta el surrealismo, pero no a un artista del siglo XXI. Los pintores, sin embargo, supieron resistir. No cedieron a la cierta invisibilización a que fueron confinados bajo la acusación de cultivadores de un arte ya caduco. Continuaron trabajando pacientemente en el taller, indagando en los detalles de los viejos maestros, explorando las posibilidades del pigmento en la búsqueda de su propio lenguaje, que es en definitiva lo que define a cada artista. Otros se echaron directamente a la calle, a dar forma a ese street art que se ha convertido, tras fatigas dobles y un sinfín de sanciones, en una manifestación artística de pleno derecho. Desde ahí, desde el graffity, la pintura mural y las intervenciones artísticas en espacios públicos, algunos volvieron al lienzo y el papel, y ahí siguen, en un permanente viaje de ida y vuelta de un formato a otro. En ese lugar es donde creo pertinente situar a Murdo Ortiz, cuya trayectoria artística ha surcado ese recorrido, desde espacios murales de la desmemoria y el olvido que ha intervenido y revivificado con su aliento artístico, hasta la inmensidad del papel como soporte de los mismos gritos, las mismas muecas, la misma violencia. Y ahí sigue en pie de guerra, como “castillo de frontera”.

Decía José María Moreno Galván que “todo artista, si verdaderamente lo es, lucha por algo y contra algo.” Murdo Ortiz lucha por su propio lenguaje artístico, que persigue sin descanso, y contra el régimen de estulticia que en suertes nos tocó vivir y padecer. En este último sentido, su contienda es contra todo lo sacralizado, en el arte y en el mundo. Contra la proporción académica y sus afanes de pulcritud. Contra toda idealización formal, frente a la cual, apuesta por una sobredosis de realidad, instinto e imaginación. Busca así lo que se esconde disfrazado tras la canónica y divina Belleza. Busca el resplandor del estiércol y la podredumbre, la dignidad estética de lo brutal y lo monstruoso, lo sublime de la deformación. Esa es su sobredosis de realidad, su testimonio como artista de este tiempo, que poco tiene de armonía y proporción, y mucho de impureza e imperfección. Para Murdo Ortiz, la pintura es armamento de guerrilla dispuesta para dinamitar códigos estéticos y coyunturas históricas. Ese es su camino. Liberar a la expresión de formalismos carcomizantes y anestésicos, para con ello liberar a lo real que dormita tras la mentira de la realidad (véase Agustín García Calvo). Es su batalla contra la muerte del arte, un viaje hacia el primer día de la expresión. De ahí el cierto primitivismo que transpiran sus obras, como búsqueda del origen. De ahí esos signos de la niñez del mundo, que son su referente lingüístico, y esa presencia de lo gestual y lo onírico en su pintura. Y de ahí el predominio en su obra del componente expresivo sobre el formal, arrastrándole a cruzar los márgenes de la brutalidad, lo demoníaco y lo monstruoso.

La pintura de Murdo Ortiz busca así el estado primigenio de la comunicación, el primer llanto del primer mundo, al igual que ocurrió a tantos artistas de las vanguardias históricas y de postguerra. Se reivindicaba entonces a la pintura como una herramienta de comunicación anterior a la palabra escrita y que, tras ser desplazada por esta, fue ganando en hermetismo, en simbolismo, en misterio, hasta en magicismo ritual. Se trataba de volver al momento en que la imagen era el detonador de la imaginación humana y no mera abstracción visual, al momento en que la racionalidad era sierva del instinto y la imaginación. Pues bien, ese pulso hacia lo primitivo y originario late en la obra de Murdo, que al fin y al cabo intenta responder, aunque desde otro escenario, a aquel mismo problema, la sempiterna irresuelta crisis de la modernidad. Su tentativa es suspender lo racional para desatar a lo instintivo y a la imaginación creadora, pues ahí radica la elementalidad de lo humano, tras capas de costra de superficialidad y mentira. Incluso se puede interpretar como una vuelta a la animalidad, a la condición animal de lo humano y de la pintura misma, en la línea de Francis Bacon. Con el británico comparte, entre otras cosas, esa exaltación de la animalidad, así como su dignificación de lo monstruoso y la resignificación de la máscara. Ahora bien, en la obra de Murdo Ortiz, la constante presencia de las máscaras constituye un símbolo de la falsedad de la apariencia que se propone a sí misma como falsedad, delatando con ello su condición de disfraz. Llegamos a otro rasgo característico de su pintura, la ironía. Revitalizada en el romanticismo como herramienta para acordar lo inacordable, la ironía está muy presente en la obra de Murdo Ortiz, en su ideación, en su factura y en el último paso, los títulos de las mismas. Todo un maestro en este arte.

De todo lo dicho podemos deducir su fuerte parentesco con el informalismo español de los Saura, Millares, Tàpies, Lucio Muñoz…, cuya “informa” es madre de la estética de la deformación sobre la que opera Murdo Ortiz. Eso explica que sea, al igual que Antonio Saura, un pintor netamente expresivo, que concibe la expresión como “una especie de acuerdo con la imperfección”, como “una ruptura de la ecuación en que se fundan la armonía y el equilibrio” (José María Moreno Galván dixit). Y explica también que sea, al igual que Manolo Millares, “un denigrador de la belleza de la forma”. En esa línea, Murdo despoja a su pintura de toda idealidad para devolverla a su estado de testigo de la vida y la muerte, y para encarnar en ella toda la carga de “barbarie” de que nuestro tiempo es víctima, desenmascarando así los necios trampantojos de la “civilización”. Por eso sabemos que es un pintor de nuestro tiempo, porque nos reconocemos en su obra, porque el instinto nos lleva a adivinar en ella los signos de la sutil devastación, porque quien nos habla de nuestro mundo no es la armonía sino la impureza, no es el equilibrio sino la imperfección, no es la melodía apaciguadora sino el grito desconsolado. Ahí la voluntad crítica de su pintura, en la medida en que la expresión es desatado deseo de comunicación, de llevar al dominio de lo común lo que permanece callado, enclaustrado, silenciado, maniatado, secreto.

Quiero añadir, para terminar, que Murdo es un artista en lucha permanente con su pintura. Un artista consciente de que el verdadero motor de toda creación auténtica es la contradicción, entendida como tensión generadora de sentido desde la dialéctica sin síntesis. Ahí se inscribe su énfasis sobre la expresión, pues, volviendo a Moreno Galván: “La capacidad de expresión está en razón directa de la capacidad de contradicción.” Por ese motivo, la pintura de Murdo Ortiz es siempre pintura inacabada, en permanente mutación, como los mismos personajes que pueblan sus obras. Y lo es porque plasma en cada trazo el signo del último minuto de vida que le ha rodeado, como un impulso instintivo de testificación, no en sentido narrativo sino simbólico, y no de lo superficial sino de las entrañas de lo humano. Son el trazo, la mancha, el gesto, el signo, los testigos de ese instante y de esa circunstancia vital. Como para Guinovart, “toda circunstancia es para él una nueva realidad.” Se convierte así su pintura en una suerte de toma de conciencia sobre la fugacidad, sobre el organicismo de lo vital, sobre la caducidad de cada instante de vida y muerte. Al mismo tiempo, es su pintura mecha encendida destinada a activar nuestra imaginación creadora y nuestro instinto animal, para desde ambas domesticar a la razón hegemónica en que se han fundamentado las estéticas formalistas y las artes normativas de la proporción. Desde ahí, Murdo Ortiz nos lleva a otros lugares, a los demonios del sueño, al delirio de lo monstruoso, a los pantanos de la brutalidad, y con ello, a una ética insobornable a este tiempo de mentiras y estériles simulacros.

Miguel Ángel Rivero Gómez.

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